Al bajar del colectivo, las hermanas se encontraron totalmente solas. Solo se escuchaba el ladrido de algunos perros a lo lejos y el murmullo del viento se mezclaba con el pum, pum, pum todavía resonando en sus oídos atestados de música. Estaban exhaustas de haber bailado toda la noche en un boliche del centro. Estaban contentas, pero al mirar la calle desolada que las esperaba, un escalofrío recorrió sus espaldas húmedas... Esa calle oscura, rodeada de árboles y de casas quintas parecía esconder más de lo que ellas creían. Yo misma tuve esa sensación muchas veces, al volver de bailar, casi siempre sola. Tomaba coraje, y empezaba a caminar rápido por el medio de la calle mientras disimulaba mis miradas furtivas hacia los costados. Era una zona con mucho verde, mucho descampado, que de madrugada asustaba, sobre todo en invierno.
Comenzaron a caminar tomadas del brazo. Estaban a solo una cuadra de su casa. Posiblemente debido al aturdimiento que todavía sentían, no lo escucharon. El estaba escondido detrás de unos árboles, en un terreno baldío. Las esperó, cual felino acechando una presa. Pasaron delante de él sin darse cuenta. Las dejó avanzar unos metros y luego se avalanzó sobre ellas. Las tomó de espaladas, con un brazo alrededor del cuello a cada una. En una mano tenía una navaja, vieja, fría y oxidada con la que presionaba el cuello de la menor de las hermanas. No pudieron gritar. No pudieron defenderse, el miedo y la fuerza brutal de aquella bestia traidora aparecida como por arte de magia las paralizó por completo.
Mientras les tapaba la boca con una fuerza feroz, las empujó y las fue llevando hacia un terreno donde había una plantación de rosas y siempre vivas que quedaba justo en frente a la casa de las hermanas...
En el trayecto, por la cabeza de ambas cruzaban los pensamientos unos tras otros, imágenes inanimadas, sin sentido, se cruzaban en sus mentes consternadas y perplejas.
No podían defenderse, si una hacía algo, la otra pagaría las consecuencias. Cayeron en la cuenta de que eran totalmente vulnerables. Se sentían completamente impotentes, incapaces de pedir ayuda. Como dos minusválidas, se dejaron llevar hacia el lugar que él seguramente ya tenía planeado de antemano: a cinco metros de su propia casa en donde el resto de la familia dormía acobijada por el calor de un hogar crepitante. A siete o tal vez ocho metros de sus respectivas camas mullidas y seguras...
El les arrancó la ropa mientras ellas sollozaban agotadas y aturdidas. Primero atropelló contra el cuerpo de la mayor, sujetándola con fuerza, doblegándola... Luego contra la menor de ellas. Su cuerpo aun adolescente, débil, no pudo resistir la embestida despiadada, cruel, inhumana, de aquel bárbaro irracional que arremetía contra ella sin piedad, le arrancaba gritos de dolor indescriptible y ahogaba todas sus súplicas con una mano gélida, compacta, la misma mano que tampoco les permitió desahogar la repulsión, la repungancia, el hastío y el odio...
Todo pasó rápido, pero para las hermanas fueron momentos infinitos. Cuando quedaron solas, llorando y con el dolor atravesándoles el cuerpo, se abrazaron y corrieron hacia la vereda de enfrente, hacia su casa. Los metros que las separaban parecían estirarse frente a sus caras desesperadas. Llegaron sin poder decir una sola palabra. Solo llanto, un llano infinito ahogado, penoso y tímido. Un llanto apesadumbrado que aún hoy las sorprende en medio de madrugadas de noches frías como aquella y les deja un sabor entre avinagrado y amargo en la boca...